domingo, 18 de diciembre de 2011

"19-20 de diciembre 2001 : cartoneros-caceroleros,neologismos de la miseria"



El carrito de Eneas

           


             Mira con cuidado ese carro:


      has de saber que a pedido de la diosa

lo forjó Vulcano en sus talleres
bajo el sículo monte, camino a los infiernos.



-las cacerolas y la clase media-

      El barral derecho –el que nosotros,
mirando el carro de frente, a izquierda mano vemos–
lleva grabada, cerca del manubrio,
una escena del amanecer en los chaparros
arbustos de Constitución. Mira, Marforio,
cuán delicadamente cincelado
está ese brazo, que vemos una a una
las plumas de esos animales degenerados,
antiguos dinosaurios que aterraron
alguna vez las pampas; ahora son palomas,
aquí en la triste Asia se apartaron
de su destino reptiliano para volverse,
sin provecho alguno, aves, símbolos
de la paz y del espíritu santo, cagando
sin cesar a través de los siglos
cuanta cosa quedara debajo
de su mierdosa órbita.

         ¿Para qué
tornáronse aves si no estaban dispuestas
a pegarse un buen flipe a través de los campos,
a escapar, a migrar como ortodoxas aves
toda la noche pasando sobre las curvas naos?


¿No se podrá, ahora que estamos decididos,
ahora sí, a aprovecharlo todo, no se podrá, digo,
vender guano de palomas? ¿No se podrá vender el guano
y comerse las palomas? ¿No se podrá comerse las palomas
manteniendo unas tropillas cagadoras
a fin de tener siempre suficiente
producción de guano? ¡Nadie lo ha
ni tan siquiera intentado!                                          
¡Ahí, sobre el brazo derecho
del carro de Eneas, ahí tienes, Marforio,
un símbolo alado y rampante
de nuestra incuria! ¡Horribles,
enfermizas, el cuello retorcible, tornasol!
Allí las ves en la plaza sobre la cual, ominosa       
se proyecta la sombra de la Gran Estación
por cuyo frente desfilan incesantes

      los viajeros humanos.


             


     Mira, Marforio, uno por uno están grabados




      sus rostros ahí, un poco más lejos del manubrio;

mira cuán verosímil la desgracia
metida en esas caras hasta el tuétano,
dime Marforio si no da la impresión
que los cuerpos que esas testas coronan
fueran a derrumbarse en un instante
y los cientos de escruchantes al acecho
en cada recoveco de la Gran Estación
a correr para hacerse con los restos
del derrumbado. Efectivamente,
algunos mueren, pero nadie les hace
ni puto caso: otra vez, Marforio,
la tendencia asiática al derroche,
a la ganancia fácil. Otros, quizá porque saben
que sus cadáveres no interesan
ni se caen, Marforio, mira;
una ciega costumbre de andar pareciera
que los mantiene andando cuando no hay
ya dónde ir ni de dónde retornar.
¡Y eso que es caro viajar, Marforio, caro!
(¿Aceptan en las boleterías
del tren, el pago en patacones?
Sí, iniciando un expediente
especial de seis a seis y cuarto
de la mañana en Pavón al 9000
y aguardando el resultado cuatro meses.)
Pero déjame soñar, amigo, apartarme
un instante de las crueles escenas
que el Señor de los Incendios ha grabado
en el carro de Eneas.
Has de saber, Marforio, que esta plaza
que ahora ves arruinada, albergó antaño
estatuas colosales, una feria, templos
donde las vestales degollaban
toros como la leche blancos
despellejándolos, según te dije, a la criolla,
amorosamente,
y dejando los restos al Olimpo
y los caranchos locales. ¡Eso sí que era gloria,
era derroche,
galantería turca con las aves y los dioses!


De esta estación, Marforio,
partían convoyes hacia los siete puntos cardinales:
corrían los trenes entonando la suave melopea
de la abundancia a través de los campos
donde las mieses, agobiadas, se curvaban
saludando a los viajeros.
Saltimbanquis de los más afamados
de toda la Europa, tenores, bailarinas,
ecuyères sobre elefantes africanos
entretenían a los niños en vagones
forrados de purpúreo terciopelo.
Ciertos días los entretenedores superaban
en tal número los viajeros pasibles
de ser entretenidos, que se hacían
funciones para el mero ganado
marchando, insensato, rumbo a la degollina.
¡Ah, y si eso era en los vagones,
imagina Marforio, el carnaval
en los andenes, en la plaza!
Eso fue antes de que los malditos misiles
lo derrumbaran todo. Pero no nos distraigamos más
con el pasado; mira, amigo mío, el carrito de Eneas:
amanece en el barral derecho
y las putas, las jamonas blancas de toujours,
y las negras recién llegadas -pobrecitas,
escaparse de la Dominicana y caer en Troya
justo para el incendio regresan
a sus pensiones lóbregas, tan sólo
los travestis no lucen exhaustos,
y si lo están lo disimulan,
orgullo de varón y sonido de collares
subiendo las escaleras atestadas
de cartón, rumbo a la paz del sueño.      


                                                                               


      DANIEL SAMOILOVICH.


   

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