miércoles, 27 de julio de 2011

" ¿Para qué leer, para qué escribir?"

SOBRE LA LECTURA Y LA ESCRITURA, EN PALABRAS DE MARÍA TERESA ANDRUETTO, POETA Y NARRADORA CORDOBESA.



Corregir un texto es un trabajo espiritual, una empresa de rectificación de uno mismo, decía Paul Valery.
 Corregir entonces para liberarnos de lo adecuado y de lo correcto, de la mimetización con los autores más exitosos, de lo que se vende, de lo que quiere la escuela, de la necesidad de parecer escritores, del deseo de ser inteligentes o informados o…
 Liberarnos en fin de tantos lastres, para encontrar en algún momento, si se persiste y si se es afortunado, esa moneda de oro que es la vida.
 Hay sí, una ética de las formas: eso es en su sentido más puro una estética. Trabajar encarnizadamente la forma para que se ajuste al movimiento que traza la vida.
 Escribir más allá o más acá de las exigencias del mercado.
 Abrir siempre nuevos espacios personales, exploraciones nuevas de escritura y de lectura.
 Escribir para el encuentro verdadero con un lector.
 Escribir siempre para lectores únicos, para decenas o centenas o millares de lectores únicos.
 Trabajar sobre todo contra la repetición de uno mismo, contra la mercantilización del deseo, contra el vaciamiento de las formas, desde la permanente búsqueda, desde el movimiento permanente, desde el constante desacomodo, aunque se nos haga a menudo cuesta arriba.
 Escribir en fin para el lector que quisiéramos ser, para un lector que en lo más íntimo de nosotros respetamos más allá de su condición y de su edad, un lector siempre más grande y más intenso que nosotros mismos.
 Escribir por puro afán de exploración, por el solo deseo de transitar nuestras reservas salvajes.
 Escribir para buscar, abiertos siempre al descubrimiento, al riesgo, a la sorpresa.
 Escribir sin miedo a las expulsiones del palacio, ni a las expulsiones del templo, cualesquiera sean los palacios y los templos de turno.
 Sin miedo al abandono de los lectores, ni al de las editoriales.
 Sin miedo a quedar fuera de la escuela o del mercado.
 Sin miedo, en fin.
 Escribir lejos de la repetición de lo exitoso, producido por los otros o por nosotros.
 Cuidarnos de todo y, sobre todo, cuidarnos de nosotros mismos.
 Prescindir de todo lo que no sea el camino.
 Ser siempre el caminante, el que todavía no ha llegado a destino, el pasajero en tránsito, el que atraviesa la reserva, el buscador de oro, para que la escritura acaso alguna vez sea.
 Para que alguna vez, tal vez, dibuje un texto y lo haga florecer como un árbol.

¿Para qué escribir, para qué leer, para qué contar, para qué elegir un buen libro en medio del hambre y las calamidades?
 Escribir para que lo escrito sea abrigo, espera, escucha del otro.
 Porque la literatura es todavía esa metáfora de la vida que sigue reuniendo a quien dice y quien escucha en un espacio común, para participar de un misterio, para hacer que nazca una historia que al menos por un momento nos cure de palabra, recoja nuestros pedazos, acople nuestras partes dispersas, traspase nuestras zonas más inhóspitas, para decirnos que en lo oscuro también está la luz, para mostrarnos que todo en el mundo, hasta lo más miserable, tiene su destello.

Como aquel pintor de la antigua Corea, de quien se dice que pintaba árboles que los pájaros confundían con verdaderos.







                    

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